Los alimentos nos aportan el sustrato a partir del cual el organismo obtiene la energía necesaria para su funcionamiento ininterrumpido y sustancias estructurales con las que reparar tejidos, desarrollar células, producir enzimas y hormonas… Esto es ya información de dominio público; así que voy a ir más allá.

Hay otro concepto, tan fundamental como el anterior, que hasta época reciente no hemos considerado con suficiente interés; es la idea de que el alimento nos ha de proveer, además, de Energía Vital.

Culturas más integradoras han convivido con esta premisa, durante siglos de historia, de manera natural; sin embargo, en nuestras sociedades occidentales, el enfoque super-analítico de la vida y su aconteceres han aparcado sistemáticamente esta realidad.

Quizá debiéramos preguntarnos, por ejemplo, cómo explicar que personas que comen regular y sobradamente se quejen de cansancio, somnolencia, dificultad de concentración o astenia. Incluso quienes se esmeran en cuidar su alimentación cotidiana, sufren con frecuencia de esta desgana vital que intentamos remediar con suplementos vitamínicos, minerales y diversos preparados ortomoleculares que demasiadas veces se muestran insuficientes para resolver la situación. ¿Qué le falta a nuestro suministro diario, más allá de proteínas, carbohidratos, vitaminas, ácidos grasos, aminoácidos, antioxidantes, etc.?

Alimentación y Energía Vital. Artículo escrito por Paz Bañuelos.

Desde la perspectiva de la SALUD en su sentido más amplio, a la alimentación estandarizada actual le falta VIDA.

Actualmente una alta proporción de los productos frescos que consumimos provienen de las más diversas latitudes del planeta.

¡Esto es estupendo! pensamos… porque así no tenemos que privarnos de fresas en diciembre, ni de tomates en enero y disponemos de las frutas más exóticas en cualquier momento del año. ¡Estamos por encima de las estaciones y de la diversidad climática o geográfica!

Gracias al importante desarrollo de la industria agroalimentaria, esos productos pueden ser cosechados en sus países de origen antes de completar su ciclo madurativo y ser tratados químicamente o radiados controlando así el momento de maduración y posponiendo su deterioro.

Es sabido que los alimentos conservados, procesados o industrializados sufren una importante merma en sus cualidades nutricionales, pero… ¿somos conscientes de que esta manipulación termina también con su energía vital?

Podemos obtener VITALIDAD cada día a partir de nuestra alimentación; pero para ello es imprescindible que esté sustentada en productos vivos. ¡No podemos pedir que nos aporte vitalidad a quien no la tiene!

Tendemos a pensar que esa vida la obtenemos de la frescura de verduras y frutas con su colorido brillante y su textura crujiente y… no es del todo falso; pero tampoco del todo cierto. Su frescor tiene una muy próxima fecha de caducidad.

Los productos que realmente contienen, guardan y preservan la vida son los granos; las semillas que una vez sembradas ponen en marcha el milagroso mecanismo de la reproducción dando lugar a toda una planta y, en ella a múltiples nuevas semillas que mantendrán vigente el círculo de la vida.

Es por esto que estas semillas cuentan con una composición nutricional excelente, aportando carbohidratos, proteínas, lípidos de la mejor calidad, variedad de vitaminas y minerales, fibra, fitoquímicos… guardados con celo en su interior para poder poner en marcha y sustentar el proceso de germinación de un nuevo ser.

Granos enteros de cereal  como el arroz, el mijo, la avena o la cebada; leguminosas como la lenteja o el garbanzo; semillas oleaginosas  de sésamo, girasol o calabaza…

Si deseas vitalidad búscala allí donde la naturaleza la dispuesto.

Consúmela cada día, en cada ingesta, en cada plato… y disfruta a manos llenas del placer de comer, sentir y vivir la VIDA.

Un saludo.