A estas alturas, se puede considerar una obviedad decir que la Salud del individuo está relacionada con su alimentación.
En las últimas décadas hemos recibido casi un bombardeo de informaciones, opiniones y resultados de múltiples estudios avalando esta hipótesis.
Desde los más diversos foros se han lanzado reiteradamente consignas que asocian el estado de salud de la persona con su forma de comer.
Eso sí, entre tanta aportación podemos encontrar impresiones y resoluciones de todos los colores y, en muchos casos, tan diametralmente diferentes que llegan incluso a ser contradictorias; pero todas ellas concluyen que la existencia de esta interacción es incuestionable.

A cada paso, encontramos consignas como evite Ud. esto o aquello si quiere reducir peso, si desea prevenir enfermedades crónicas o evitar padecer cáncer, si necesita controlar su diabetes o si ha decidido potenciar la salud cardio-vascular o reducir el colesterol…
O, por el contrario, consuma cada día tal o cual producto para conseguir una piel sana, una visión óptima, una memoria prodigiosa, uñas sólidas o un cabello fuerte y sano… o para evitar anemias, osteoporosis, infartos o cualquier otra disfunción de mayor o menor gravedad.

Es realmente complicado dilucidar el jeroglífico creado a partir de tal mare magnum informativo. Sin duda, ha de estar plagado de sugerencias y conclusiones valiosas y también, por qué no, ha de contener abundancia de datos sesgados y diversidad de opiniones más o menos acertadas, fundamentadas en creencias y paradigmas cuestionables.


A la hora de tratar este tema, yo voy a remitirme a la Biología. Y voy a hacerlo así, por ser ella quien soporta la realidad material en la que se desarrolla nuestra vida y por ser el manual que rige la existencia y los intercambios de los seres vivos que poblamos la Tierra.

Los seres humanos formamos parte de un proyecto mayor.
Somos una pieza más (particular; pero una de tantas) del sistema global que es el Planeta Tierra, quien, a su vez, tan solo supone un elemento minúsculo de ese desconocido e inmenso Universo que nos contiene.
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Cada uno de nosotros desarrolla su vida en interdependencia absoluta con esa Tierra a través del ecosistema concreto en el que habita. A veces olvidamos que somos una especie animal en convivencia constante e ineludible con todos los demás seres terrestres, animados o no, y que, por tanto, estamos sometidos a las mismas leyes que rigen la vida y las relaciones de cada uno de nuestros cohabitantes terrícolas.

Las Leyes de la Naturaleza están basadas en un principio de retroalimentación cíclica dentro del Sistema. Queda establecido que cada inquilino tomará de él lo que necesite, lo utilizará y lo transformará, para después revertir a dicho sistema lo que para él son sobrantes; otros seres esperan recibirlo para hacer buen aprovecho de ello y repetir el modelo, cerrando constantemente el ciclo.
Todo lo que es usado, transformado y eliminado debe estar en perfectas condiciones para poder ser reutilizado con comodidad por otros organismos, asegurando, así, la sostenibilidad del conjunto y el fin último que rige la vida: la Supervivencia del Sistema.

Lo que es a gran escala lo es también a escala menor; de modo que el patrón se repite si consideramos sistemas parciales. Por ello, si concentramos la atención en cada uno de los individuos observaremos un duplicado exacto del esquema: Cada ser vivo está diseñado para la supervivencia.

El fin último de la biología individual es conservar la vida propia, asegurar la vida del grupo y salvaguardar la supervivencia de la especie, necesaria, a su vez, para mantener el equilibrio del ecosistema que le dio origen.
Para ello cada ser, cada persona, establecerá un intercambio constante con el medio. Habrá de observar qué es lo que este le ofrece y, dentro de esa oferta, seleccionar los materiales que mejor abastecerán sus propias necesidades.
Además, deberá tratar responsablemente ese producto y cumplir con el compromiso de revertir un residuo limpio y reciclable.
En este toma y da, la supervivencia exige un ejercicio de continua adaptación a las particulares y cambiantes características del entorno.

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Una vez aceptadas estas premisas, el organismo se desarrollará en Salud si cuenta con un marco de, lo que podríamos llamar, condiciones óptimas para la vida. Por un lado, un aporte regular y suficiente de oxígeno, de agua y de alimento de calidad que cubra las necesidades físico-químicas. Por otro lado, un aporte no material, imprescindible de igual modo para mantener la vida, que repercute tanto en el plano orgánico como en el relacional, y que demanda satisfacer la necesidad de protección, de valoración y de afecto y amor.

Esta perspectiva alumbra un enfoque global e íntegro de la Salud, entendida como el estado de bienestar físico, mental, emocional y social que realmente es.
Este entramado de componentes determina las condiciones en que se desarrolla la vida del ser humano.

Para valorar nuestra salud nos servimos de pruebas diversas que reflejan la situación del cuerpo; este es el caso, por ejemplo, de los análisis de sangre, a los que tan habituados estamos, que determinan los niveles de diferentes sustancias: células, proteínas, colesterol, ácido úrico, glucosa, transaminasas, hormonas, vitaminas, minerales, etc.
Cada uno de estos parámetros y todos ellos en su conjunto, reflejan el modo en que el organismo establece el proceso de interrelación con el medio y con sus cohabitantes.
La falta de oxígeno o de agua crea una situación de riesgo inminente para la vida, ya que tan sólo podemos sobrevivir unos minutos en ausencia de O2 y tan sólo unos pocos días sin aporte de agua.
Pero también es vital el alimento y cuando digo “alimento” me refiero tanto al Alimento Material como al Alimento Emocional; ambos son imprescindibles para crear y asegurar el estado de bienestar y preservar, mantener y transmitir la Vida.

Estamos hablando, por tanto, de aportes esenciales, estructurales y determinantes en la consecución de la deseada Salud; es por esto que deberemos asegurar la calidad óptima de cada uno de ellos. Son las vigas maestras del edificio de nuestra salud. Si en un momento flaquean o se agrietan pondrán en cuestión la integridad del sistema que soportan.

Calidad. Calidad. Calidad.

En cuanto al alimento material, la mejor forma de adaptarse al entorno será recurrir en cada momento a lo que él nos ofrece. Optar por productos de temporada, frescos y naturales.
Ya casi hemos olvidado qué corresponde a cada temporada. ¿Es natural tener tomates o fresas en enero? ¡No digo normal; digo natural! Preguntemos a nuestros mayores que conocen bien la evolución cíclica de las cosechas. En su defecto, internet también goza de buena memoria.
Los productos llamados “refinados” están desnaturalizados y empobrecidos; su producción sólo favorece a la economía y lo hace a costa de arrasar nuestra salud. Buscar e incluir en la dieta alimentos integrales y ecológicos cotidianamente, de manera regular y reiterada, favorece espectacularmente las funciones metabólicas. Entre ellos, recordar que los granos completos son semillas portadoras de la esencia de la vida (arroz, quinoa, mijo, lentejas, garbanzos, semillas de girasol o de calabaza…)

"Cereales Integrales, fuente de Salud". Artículo escrito por Paz Bañuelos
La ley del respeto mutuo con el planeta conlleva asegurar el reciclado y la sostenibilidad, lo que condiciona el uso exclusivo de productos libres de tóxicos y de tratamientos químicos, radiactivos o transgénicos tan presentes en la agricultura, la ganadería y la industria alimentaria.

Hablando de la necesidad y de la calidad del alimento emocional… ¿Mi entorno es seguro? ¿Estoy rodeada de personas que contribuyen a que me sienta valiosa? ¿Respetan mi espacio? ¿Ahí puedo crecer y desarrollarme en libertad? ¿Me siento amado? ¿Me amo? ¿Me respeto y me doy valor? ¿Cuido de mí misma como del mejor de los tesoros? ¿Me promuevo un entorno de gratitud y de aceptación? ¿Creo, a cada instante, espacios de gratitud y de afecto?

Es de trascendencia vital decidir activamente y con esmero qué dejaremos entrar en nuestro ser. De ello depende que nos encontremos o no rodeados de esas condiciones óptimas para la Vida.
Si las tenemos, nuestro cuerpo responderá con Salud, porque esa es su naturaleza.
Equivalentemente, si le abrumamos con aportes innecesarios o perjudiciales intentará protegerse poniendo en marcha una criba de urgencia que retire de la circulación aquello que le agrede o le estorba aparcándolo allí donde menos moleste a su fin de supervivencia en salud.
Así encontraremos grasa depositada en exceso en el tejido adiposo, ácido úrico en las articulaciones o depósitos minerales en las paredes arteriales o formando cálculos en vías biliares o urinarias o, a saber, otras alteraciones de la normalidad manifiestas a través de síntomas y/o en esta o aquella prueba diagnóstica.

Si algo no va bien en nuestra salud, erraremos tachando al cuerpo de incompetente y tratándolo como tal. Miremos, a la vez con detalle y con perspectiva amplia, qué le aportamos y en qué condiciones le exigimos que desarrolle su andadura.
Corrijamos y confiemos, porque tenemos la inmensa suerte de estar Diseñados para la Salud.

Fdo.: Paz Bañuelos Irusta

(Publicado en Vida Natural, nº Primavera 2015)