Cuando hablamos de nutrición, con mucha frecuencia tendemos a  focalizar el tema en la salud individual y en las repercusiones que para ella conllevan unas u otras formas de alimentarse. Con toda certeza, esta mirada dirigida a la esfera personal resulta altamente interesante y de trascendencia.

Sin embargo, cabe la posibilidad de ampliar esta visión.

Si alejamos el punto de mira más allá de la propia vida o del entorno más cercano, más allá de la sociedad que habitamos o de la propia cultura, sobrevolando fronteras naturales o inventadas, el tema adquiere dimensión planetaria, por no decir universal que podría parecer exagerado.

Como en tantas otras disciplinas, también aquí se podría aplicar el llamado “Efecto Mariposa” que promulga que “el batir de las alas de una mariposa puede provocar un huracán en otra parte del mundo”.

¿Y… cómo insertamos esta reflexión en los asuntos nutricionales?

Para comenzar nos plantearemos algunas preguntas.

Por ejemplo, ¿en qué modo y en qué medida mis elecciones respecto al modo de alimentarme, repercuten en otras cuestiones,  en otras latitudes… o en las condiciones de vida de personas ajenas a mi entorno?

Bucearemos un poco, hoy, en estos asuntos.

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Reiteradamente, desde estas líneas, promulgamos la selección habitual de productos frescos y locales, producidos en lugares cercanos a donde vivimos,  y de vegetales naturales propios de cada temporada.

Este hábito de consumo supone exigir una agricultura integrada con los ciclos vitales de la tierra y comprometida con la producción y comercialización de alimentos en su entorno natural.

Cuando lo cultivado es consumido en lugares próximos, se minimizas los gasto y los efectos contaminantes que suponen los transportes a largas distancias. Además, en estas condiciones, los alimentos pueden ser cosechados en su punto de madurez y no requieren tratamientos de conservación (control de maduración, enlatado, envasado, congelación…) que devalúan las propiedades nutricionales del género y lo encarecen.

Al ceñirnos a consumir en exclusiva lo que cada temporada nos ofrece, tal como nuestros antecesores hicieron con toda naturalidad, permitimos que otras comunidades en la distancia, hagan lo mismo y cultiven sus productos tradicionales, locales y de temporada; estos les aportarán los nutrientes que precisan allí y ahora para su subsistencia.  En consecuencia, también ellos/as trabajarán su tierra para cubrir sus propias necesidades.

¿Qué ocurre cuando yo me empeño en comer melones o fresas o tomates… en diciembre? ¿Dónde, cómo y quién los tendrá que producir para mi capricho fuera de plazo?

Y… ¿a costa de qué? ¿en qué condiciones?

Para conseguirlo contamos con diferentes opciones. Una de ellas consiste en cultivar fuera de época en condiciones artificiales productos contra natura y consumirlos con la falsa ilusión de que son iguales a los crecidos en su momento natural. Otra posibilidad, ampliamente utilizada, es acudir a países lejanos para que exploten su suelo en favor de nuestro capricho en lugar de hacerlo en favor de sus necesidades y su bienestar. ¿Otra forma de colonialismo? ¿Cómo surge? ¿Qué actitudes lo propician?

Virando un poco el ángulo de mira, en ambos casos (condiciones artificiales o invasión de terrenos ajenos) los tratamientos químicos y los niveles de contaminación ambiental derivados de estas prácticas crecen desmesuradamente. Los alimentos producidos y cosechados a miles de kilómetros deben aguantar lustrosos el trasiego y el tiempo necesarios para llegar a los puntos de venta. Nuevamente, métodos químicos, radiación, transgenia, etc. insertados en los procesos de producción y conservación se encargarán de conseguir este efecto, burlando el reto de los transportes transatlánticos o transcontinentales.

Conectando con este concepto, desembocamos en los “alimentos ecológicos” que, como sabes, ensalzo y recomiendo sin excusas. El consumo de alimentos ecológicos no sólo es imprescindible para la salud personal, lo es igualmente para la salud global.

En un mundo razonable, debiera estar obligado por ley consumir y, por supuesto, generar exclusivamente productos ecológicos mediante procedimientos orgánicos. Es evidente que este no es el caso. Por lo tanto y sin opción, esa responsabilidad recae inevitablemente en cada uno/a de nosotros/as.

La supervivencia en el planeta solo es posible a medio y largo plazo, respetando sus ciclos biológicos.

Cierto es que el comercio orgánico es más caro que el estándar. Lo señalo porque supongo que quizá este pensamiento se ha asomado a tu mente al recibir estas reflexiones. Sin embargo concluiremos al final de este artículo, que la propuesta de conjunto aquí planteada no encarecerá la compra diaria, sino que va a  abaratarla. Por otro lado, si este tipo de producción ecológica/orgánica se generalizara, también su precio se reduciría al disminuir los costes.

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El uso habitual de alimentos integrales y completos es otra de mis reivindicaciones redundantes: granos de cereal integral, legumbres, semillas. Los beneficios para quien los consume a diario son incuestionables. Los requerimientos de nutrientes se ven abastecidos plenamente con una dieta bien diseñada y abundante en estos super-alimentos. Este regalo cuenta con un beneficio añadido, porque lo integral-completo produce además una mayor sensación de saciedad y progresivamente el efecto de ordenar del apetito y la cadencia de las ingestas. Un organismo bien nutrido no necesita estar comiendo a todas horas. En consecuencia, el medio ambiente se ve favorecido por una demanda de nutrientes comedida y ajustada a las necesidades fisiológicas reales. Si necesitamos comer menos para estar sanos y felices, no tendremos que estrujar la tierra más allá de su capacidad de regeneración.

De este modo, dando prioridad a los integrales-completos en la dieta habitual, establecemos un trampolín para evitar la sobrealimentación de una parte de la humanidad y racionalizar y normalizar el reparto equitativo de los bienes de supervivencia entre todos los habitantes de la Tierra.

Un punto de enorme trascendencia es el referente al consumo de carnes animales y productos derivados de ellas.

La cría de ganado requiere de enormes extensiones de terreno e ingentes cantidades de agua. Producir ½ Kg de Carne consume el agua necesaria para ducharse a diario durante 6 meses (unos 18.000 litros).

La ganadería produce ingentes cantidades de gases de efecto invernadero a partir del metano de sus excrementos; su impacto es mayor al producido por la suma de todos los transportes del mundo por carretera, ferrocarril, barcos y aviones.

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El ganado empobrece el suelo y desertiza la superficie de la tierra. Dicen los científicos que recuperar 3 cm. de espesor de suelo requiere 500 años.

Son miles de hectáreas de selva amazónica las destruidas legal y/o ilegalmente cada año para abastecer un hambre desaforada de carne… que además nos enferma. Todo se enferma. El planeta enferma perdiendo sus pulmones naturales, sus selvas tropicales y sus bosques, para ser transformados en pastos y en cultivos de soja para criar ganado. Enferman los millones de humanos embarcados en un carnivorismo innecesario, desproporcionado e inconscientemente devastador. Y enferman de inanición poblaciones enteras y olvidadas.

Sí. El carnivorismo es insolidario también.

¿Qué ocurriría con este planeta nuestro si todas las personas que lo habitan comieran carne y derivados animales con la misma profusión que lo hacemos los habitantes del llamado primer mundo? ¿Lo hemos pensado alguna vez?

Pero… ¡No! ¿Cómo? ¡Esa hipótesis es insostenible! No habría selvas suficientes que arrasar para poder alimentar a tanto ganado. Así que eso no se puede contemplar. Este mal entendido “privilegio” tiene que quedar reducido a un porcentaje limitado de la población mundial; no puede ser para todos.

Ya… ¡Genial!

En el fondo, este escenario descubre que el problema no reside en que una parte del mundo se atiborre a carnes y lácteos mientras otra no puede conseguirlos. El problema radica en que los explotados y esclavizados animales engendrados y criados para el sacrificio, se comen el alimento que necesita para sobrevivir una gran parte de la humanidad y, por añadidura, en que la creciente cría de ganado dilapida los recursos naturales y el planeta.

Llegado este punto, solo nos queda acotar las recomendaciones que abren el camino a un paradigma de Vida y Salud desde lo individual a lo global y desde lo global a lo individual. En el respeto al lenguaje de la Naturaleza de la que a veces olvidamos que somos parte.

El planeta no necesita para nada de los humanos; es más; si desapareciéramos de su faz, él florecería. Somos los prepotentes humanos quienes tenemos necesidad imperiosa de seguir contando con esta Tierra que tanto maltratamos.

Es nuestra responsabilidad alimentarnos sin contaminar ni devastar. Con productos Ecológicos, Orgánicos, Biológicos, frescos, producidos en territorios cercanos al lugar donde habitamos y en su época natural. Con una proporción importante de alimentos en grano integrales y completos, semillas íntegras que nos permitirán prescindir o reducir al máximo la presencia de animales en la dieta habitual.

Esta proposición tendrá un efecto beneficioso no sólo en la salud individual y global, sino también en la economía familiar.

Cada uno/a de nosotros/as somos imprescindibles en este empeño. Cada cual es responsable al 100% de lo que ocurre en el entorno de su vida. Nuestra actitud en cada detalle de cada día marca la diferencia.

No olvidemos que “el batir de las alas de una mariposa puede provocar un huracán en otra parte del mundo” y, de igual modo, tu alimentación responsable, solidaria y consciente, y la mía, pueden restaurar la SALUD del planeta y de TODOS sus habitantes.

Fdo: Dra. Paz Bañuelos Irusta

(Publicado en Vida Natural, Ed. Primavera 2017)